miércoles, 6 de abril de 2011

Somos la piel de la tierra

SOMOS LA PIEL DE LA TIERRA
En su libro,"Comunicación con los ángeles y los devas" Dorothy Maclean, la autora,  recibe un mensaje del ángel de los bosques que dice: "(... )los  grandes bosques deben florecer y el hombre debe cuidar de ellos si desea continuar viviendo en este planeta. El reconocimiento de esta necesidad debe tornarse parte de su conciencia, tan aceptada como su necesidad del agua para vivir. Él precisa de árboles de la misma manera; están interrelacionados. Somos, en verdad, la piel de la Tierra y una piel no solo cubre y protege, también deja pasar las fuerzas de la vida".

Cuando Joel, mi esposo, y yo  llegamos a Costa Rica en el año 91  nos encontramos  que más de cien camiones al día salían de la Península de Osa  cargados con árboles centenarios y cuyo valor universal es inconmensurable. Ciertamente ante aquel esperpento sentía que me lloraba el alma, no mis ojos, de los que no salió creo  que ni una lágrima, pero arrastraba  muy a mi pesar una tristeza profunda e intensa que durante algún tiempo quedó como empozada  dentro de mí. En  uno de los frecuentes viajes a San José, capital del país, paseaba por la avenida 7ª del centro de la ciudad cuando  me encontré con un grafiti escrito en un enorme muro. En él se leía: Cada árbol tiene un ángel. La frase me pareció de una belleza extraordinaria. Qué manera sutil y fácil de decirme  algo  para lo que yo no encontraba palabras: Al talar los bosques  no sólo se llevan los árboles con su vida entera sino también  el mundo prodigioso de la energía invisible.
Tanto Dorothy como el grafitero traen a mi vida el mismo significado,  me confirman con mensajes impecables que existe todo un  mundo invisible a nuestros ojos que vive junto a nosotros.   Y lo sé porque  el encuentro con este libro me llena de extraordinaria paz.  Reflexionando sobre ello siento un sereno y profundo respeto hacia la vida, hacia todas las vidas.
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Dorothy MacLean y Peter y Eileen Caddy cultivaron un  huerto en un lugar llamado Findhorn, en la costa norte de Escocia, entre los años 1962 y 1973. La particularidad de este jardín es que aunque ninguno de los tres sabían casi nada de horticultura,
Dorothy y Eileen recibieron, por medio de la meditación, el consejo de los espíritus de las mismas plantas acerca de la mejor forma de tratarlas y cultivarlas. El resultado fue que las plantas crecieron hasta tamaños mucho mayores de lo habitual (Ej: coles de 18 kilogramos). Como consecuencia de este hecho, expertos en horticultura de distintas partes del mundo vinieron a comprobar el acontecimiento y se quedaron asombrados